domingo, 31 de octubre de 2010

Fingamos un momento

Zdim: Podríamos fingir que no nos conocemos, crearnos otra historia de mentira. Y yo podré ser Cristóbal.
Himm: ¿Quién eres, Cristóbal? ¿Porque Cristóbal?
Zdim: Por Colón.
Himm: Pero ¿quién eres? dije.
Zdim: Típico de usted, queriendo imponer su voluntad. No, no voluntad.Es sólo imponer. Lo que sea pero imponer ¿De qué parte es usted que no se presenta antes?
Himm: Había uno que no desistía jamás de una pregunta que había formulado. ¿No te suena? De ahí vengo, pues. ¿ Quien eres, Cristóbal?
Zdim: Le prometo, no contestar hasta que los modales los ande vomitando. Mire, tenga esta pluma, llénela de tinta. Y reformule su primera línea. Su introducción. No ve que entre el gris de mi día no estoy para negros.
Himm: Bha, pareces de esos grises que nomás sabe fumarse el tiempo de los demás. Yo me llamo Hora. Y he existido desde siempre. Usted ¿quién es?
Zdim: Ahora el tiempo me habla, tan sencillo volverse loco. Me gustan los momentos, los instantes dentro de los instantes. Eso que no se perciben. Esos de miradas fugaces. Eso que el tiempo no conoce. Yo existo en ti, Hora.
Himm: Yo ni sabía. Hay muchas cosas que no sé y que ando cargando en mi a todas partes.
Zdim: Aligera la carga, pues deje esos pesados minutos, que son carga de los segundos, que son meros instantes. Yo ando de aquí para allá, y luego otra vez para aquí. A veces me vengo de allá para otro lado que no es aquí, ni ahí, tampoco allá. Sólo es otro lugar, pero te aseguro que siempre estoy yendo para acullá.
Himm: No pesan. Usted no pesa, se lo aseguro. Usted ni sabe a dónde va. Yo sí sé. ¿De dónde no viene? ¿A dónde no va? ¿Qué cosa no es?
Zdim: No vengo del principio, yo me hice en el centro. Te aseguro que no voy al final, al menos no al de ustedes. Menos al suyo, sigo mi final. Para allá voy. No soy nada, soy todo. Soy quien tú habías ignorado, soy quien ha sido desechable. Alguien que sí sabe fumar vestido de gris. Quien recoge las copas rotas. Pero usted siempre con tantas miradas. Siempre alguien buscando la hora. Luego usted llega, a veces para ser odiada o amada. Usted, hora, tan aburrida y larga.
Himm: ¿Cómo es el centro? Yo no me hice nunca, siempre he estado. Siempre voy a estar. Qué bueno que sepa usted fumar vestido de gris, pero no empiece a quererse fumar el humo de otros, así no sirve de nada.
Zdim: Me fumo las historias de otros colores. Las historias de otros. No inhalo sus humos, sólo los contemplo y dejo que contemplen el mío, que se pierdan en sus amorfismos. Mientras usted nos ve, vea este café, este lugar ¿Cuántos humos ves? ¿Cuántos sientes? La mirada de quien espera terminar su turno, atenta en ti ¿La sientes pesada? ¿Cansada? Aquella joven de allá, que espera, que te odia por avanzar. Yo soy atemporal  y tú, hora, eres apenas nada para mí.
Himm: Los que vienen del centro son atemporales. Apenas y son algo porque en cuanto yo acabe de pasar van a serlo todo. Soy ciega. Siempre he sido ciega. No veo humos, no veo las esperas de la gente. Ni me importan, en realidad.
Zdim: ¿Para qué existes si no sientes? No ves, no percibes.
Himm: No veo. Toco.
Zdim: ¿Cuándo me tocará mi hora?
Himm: Cuando te encuentre.
Zdim: Estás aquí ya. Frente a mí. Deberías llevarme, hora. Que estos últimos 3600 instantes sean mis últimos. El café ya no es amargo.
Himm: ¿Que te dice, joven gris, que esta que soy es tu hora?
Zdim: Me has encontrado, aquí, al final del mundo. La hora que me encuentre debe llevarme.
Himm: ¿Qué quieres hacer, pues, mientras dure este instante, mientras me consumo? ¿Del instante a la hora, cuantos Eones? Ahora puedes jugar con todo esto, puedes deformar el espacio.
Zdim: Deberías llevarme a con ella, han pasado tantos años. Quiero verla, ahora que se baña de gris. Ahora que tantos instantes la han acariciado, tantos minutos como hombres en su lecho. Tráela, ahora que su piel son depresiones y llanuras.
Himm: ¿Quieres que la encuentre? Ya sabes qué pasa si la encuentro.
Zdim: La plata, la poca plata de mi cabeza está ansiosa.
Himm: Ya la encontró su hora, alguna vez y la burlo, desde entonces hace como que vive, sin vivir.
Zdim: Era propensa a buscar ella misma su hora ¿Fue eso? ¡Se ha terminado el jodido café!
Dime, hora. Antes de que te consumas. ¿Fue feliz? Fueron tus hermanas agradables con ella? Viví para ella sin ella.
Himm: Ella no supo agradecer nunca nada.
Zdim: Viví por su presencia acompañado de su ausencia
Himm: Hora, se enamoró de ella, alguna vez. Otra hora que no era esta hora que soy.
Zdim: Hasta el tiempo se enamora de ella.
Himm: Malagradecida, siempre. Era esa su principal virtud. Tan débil e indefensa. Jugando a ser un tigre cuando era apenas una nube. La que creía que ofendía, la que creía que se volvía indispensable.
Zdim: Me he pasado ya 120 instantes, Hora ¡llévame ya! Pero no aquí.
Himm: ¿Donde?
Zdim: Allá, allá donde le dije hola, que es el mismo lugar donde le dije adiós.
Himm: Vamos entonces, a tu encuentro con la casa de lo eterno. 
Zdim: Fulmina entonces este corazón tan lento y doloroso como puedas, por favor. 
Himm: Hace mucho que lo hice, señor gris. ¿Cómo es que te has dado cuenta? ¿Cómo es que no sabes que ya no eres más de este centro?

¿Fin?

La chica de mirada penetrante.

No la conoces, es una chica que ni me interesa, no me gusta, no sé de qué hablar con ella. La conocí en el camión, já. Iba yo a la escuela un día que llegué bien tarde, a las 11 para ser más exacto. Tomé el camión en el centro, primero. Llegué a la parada y estaba una chica con un chico, noté que ella casi me atravesaba con la mirada, de esas incómodas, de esas miradas que te hacen pequeño. Claro, uno como hombre busca no sentirse intimidado, todo el show del cortejo.
Ahí, en juego yo traía a Cortázar en la mano, todo un genio. Puedo afirmar que me hace verme bien interesante -ajá, claro-. Estuvimos como 5 minutos, antes de que llegara el camión; como todo buen caballero, dejo que ella suba primero, ella y el resto de las chicas.
Al subir, rebusque en todo el camión por un asiento solitario, quedaba un único lugar. ¿Adivina? Junto a esa chica era el último. Era como un abismo incómodo el asiento vacío, de esas veces que prefieres estar incómodo que estar muriéndote, que dices “O me enfermo, o agonizo”, pero siempre terminas seleccionado lo peor. Y me senté junto a ella. Me senté con la chica de las miradas que atraviesan, que atraviesan carne, y pensamientos, y que te queman.
Sentía incomodidad. Imagina que sientes cómo te taladran la mente por encima del hombro. Así estaba. Abriéndome a Cortázar, viendo cómo los desamores de Luciana terminaban con infidelidades, y cómo el viejo puente ya no era como lo era un principio. Pero estaba la mirada que atraviesa libros también siguiendo mi dedo que atravesaba a Alguien que anda por ahí y ella leía por encima de mi hombro y entre mi cabello. Y dejó de ser silente. Por fin, terminó el tormento del silencio, ese que ni estaba buscando.
¿Me vas siguiendo? Me gusta adornar las historias. Qué bueno que me sigues.
Y así fue, pues. Rompió el silencio de la manera más burda y menos elocuente que encontró. Ella pregunto “¿Qué lees?” No puede ser, ¡no! ¿Qué pregunta es esa? No se le habla así a alguien. Existen  miles de formas de comenzar una conversación, pero no  con esa pregunta. De mala gana le contesté "Alguien que anda por ahí de Cortázar, ¿Lo conoces?” Claro, yo sabía que su respuesta iba a ser una negación; era una tipo venganza por leerme encima del hombro, por penetrar el libro ajeno, por violar a Cortázar.
No, no lo conozco, dijo, sintiéndose menos. Es un escritor Argentino, tal vez has oído hablar de Rayuela. ¿No? Y yo seguía, cruel. Ni siquiera dijo palabras, ya. Sólo negó con la cabeza y su mirada gacha hacia el tramo. Y los ojos que penetran ya no me dolían.
Luego vinieron las preguntas 'típicas' ¿De qué trata? ¿Está bueno? Contesté por mera amabilidad.
Terminó la conversación. Volví a ponerme el auricular, ya que tuve que quitármelo para oírla, ni siquiera  escucharla, no la escuché. Regrese otra vez a Cortázar. Volví otra vez a Venecia y la barca de ese degenerado Italiano.
Claro que ella seguía en su juego mediocre de querer llamar mi atención. Volvió a preguntar algo, algo que fue inaudible, ininteligible, sonaba como Tchaikovsky y sólo oí una voz lejana. De mala gana cerré el libro, me quité ambos auriculares y supe que no podía escapar de la terrible plática infructuosa.
Platicábamos de tonterías ¿Dónde estudias? ¿Dónde vives? Cosas así. Nada interesante. Intercambiamos MSN's, Facebooks, tonterías. Al menos ya no era tan incómodo.
El punto es que no supe nada de ella hasta este martes. Eso fue hace como 2 ó 3 semanas. Y platicamos el martes. Quedamos de salir mañana sábado. Y ¡agh! No sé por qué acepté, luego de aceptar salir con ella, me salieron otras invitaciones mucho más interesantes. En especial resalto una de Katia, la chica de Químicas. Me dolió como no tienes una idea decirle que ya tenía compromiso. Que estupidez.