No la conoces, es una chica que ni me interesa, no me gusta, no sé de qué hablar con ella. La conocí en el camión, já. Iba yo a la escuela un día que llegué bien tarde, a las 11 para ser más exacto. Tomé el camión en el centro, primero. Llegué a la parada y estaba una chica con un chico, noté que ella casi me atravesaba con la mirada, de esas incómodas, de esas miradas que te hacen pequeño. Claro, uno como hombre busca no sentirse intimidado, todo el show del cortejo.
Ahí, en juego yo traía a Cortázar en la mano, todo un genio. Puedo afirmar que me hace verme bien interesante -ajá, claro-. Estuvimos como 5 minutos, antes de que llegara el camión; como todo buen caballero, dejo que ella suba primero, ella y el resto de las chicas.
Al subir, rebusque en todo el camión por un asiento solitario, quedaba un único lugar. ¿Adivina? Junto a esa chica era el último. Era como un abismo incómodo el asiento vacío, de esas veces que prefieres estar incómodo que estar muriéndote, que dices “O me enfermo, o agonizo”, pero siempre terminas seleccionado lo peor. Y me senté junto a ella. Me senté con la chica de las miradas que atraviesan, que atraviesan carne, y pensamientos, y que te queman.
Sentía incomodidad. Imagina que sientes cómo te taladran la mente por encima del hombro. Así estaba. Abriéndome a Cortázar, viendo cómo los desamores de Luciana terminaban con infidelidades, y cómo el viejo puente ya no era como lo era un principio. Pero estaba la mirada que atraviesa libros también siguiendo mi dedo que atravesaba a Alguien que anda por ahí y ella leía por encima de mi hombro y entre mi cabello. Y dejó de ser silente. Por fin, terminó el tormento del silencio, ese que ni estaba buscando.
¿Me vas siguiendo? Me gusta adornar las historias. Qué bueno que me sigues.
Y así fue, pues. Rompió el silencio de la manera más burda y menos elocuente que encontró. Ella pregunto “¿Qué lees?” No puede ser, ¡no! ¿Qué pregunta es esa? No se le habla así a alguien. Existen miles de formas de comenzar una conversación, pero no con esa pregunta. De mala gana le contesté "Alguien que anda por ahí de Cortázar, ¿Lo conoces?” Claro, yo sabía que su respuesta iba a ser una negación; era una tipo venganza por leerme encima del hombro, por penetrar el libro ajeno, por violar a Cortázar.
No, no lo conozco, dijo, sintiéndose menos. Es un escritor Argentino, tal vez has oído hablar de Rayuela. ¿No? Y yo seguía, cruel. Ni siquiera dijo palabras, ya. Sólo negó con la cabeza y su mirada gacha hacia el tramo. Y los ojos que penetran ya no me dolían.
Luego vinieron las preguntas 'típicas' ¿De qué trata? ¿Está bueno? Contesté por mera amabilidad.
Terminó la conversación. Volví a ponerme el auricular, ya que tuve que quitármelo para oírla, ni siquiera escucharla, no la escuché. Regrese otra vez a Cortázar. Volví otra vez a Venecia y la barca de ese degenerado Italiano.
Claro que ella seguía en su juego mediocre de querer llamar mi atención. Volvió a preguntar algo, algo que fue inaudible, ininteligible, sonaba como Tchaikovsky y sólo oí una voz lejana. De mala gana cerré el libro, me quité ambos auriculares y supe que no podía escapar de la terrible plática infructuosa.
Platicábamos de tonterías ¿Dónde estudias? ¿Dónde vives? Cosas así. Nada interesante. Intercambiamos MSN's, Facebooks, tonterías. Al menos ya no era tan incómodo.
El punto es que no supe nada de ella hasta este martes. Eso fue hace como 2 ó 3 semanas. Y platicamos el martes. Quedamos de salir mañana sábado. Y ¡agh! No sé por qué acepté, luego de aceptar salir con ella, me salieron otras invitaciones mucho más interesantes. En especial resalto una de Katia, la chica de Químicas. Me dolió como no tienes una idea decirle que ya tenía compromiso. Que estupidez.

Oh, mire que bonita relación tiempo-nostalgía. Me suena tanto a Cortázar y a su definitvo amor por la unidad.
ResponderEliminar¿Pues de donde anda sacando usted tanta inspiración?
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